Le Clézio: la metamorfosis silenciosa
Se publica en español una ficción intensamente autobiográfica que echa nueva luz sobre la obra del autor de El africano
Por Pedro B. Rey | LA NACION
Una escritura es una sustancia en continua expansión, un paciente y sigiloso
work in progress . El perfil de un autor se va construyendo a su ritmo. Cada nueva obra puede profundizar una predilección que ya se encontraba en las precedentes, pero asimismo habilitar desvíos, una perspectiva inédita, otra manera de abordar el conjunto general. A cualquier libro -no todo es tan idílico- puede pasarle también lo que a la mayoría: que, como señaló alguna vez William Gass, muera antes, mucho antes, que aquel que le dio forma.

A fuerza de una cuarentena de novelas, relatos, ensayos, incluso libros para niños, Jean-Marie Gustave Le Clézio (Niza, 1940) parece haber lidiado con todas esas variables y, por lo tanto, aparenta ser más de un escritor. Fue tempranamente reconocido por la crítica y, luego, tras pasar por una crisis que lo obligaría a replantearse su manera de escribir, reconocido por el público hasta que, en 2008, lo reconoció, si algo faltaba, la Academia Sueca.
Él mismo condenó sus primeros libros de los años sesenta al ostracismo. Aunque en su país siguen reeditándose (lo que vuelve el ostracismo, más que efectivo, simbólico), los considera contaminados de un esteticismo arrogante. El descarte es inmerecido porque entre esas obras están algunas de las mejores que escribió. Años después, despojado de aquella vocación experimental, produjo un giro hacia narraciones que buscan alcanzar lo concreto sin otra mediación que la confianza en la aparente transparencia de la lengua. El aliento poético era la coartada y Gérard de Nerval, en particular Las hijas del fuego , uno de sus guías declarados. La piedra de toque de ese imaginario fueron sus experiencias viajeras, los paisajes distantes y el conocimiento de culturas no europeas, sumados a su interés, desperdigado en gran cantidad de ficciones, por los mitos y las narraciones orales. Esa vertiente se consolidó hasta tal punto que, con los años, se volvió un lugar común. Bastaba abrir un libro firmado por Le Clézio para aventurar qué se iba a encontrar en él. Fue sólo en la última década cuando se produjo otro viraje, casi imperceptible esta vez, en que lo autobiográfico, que siempre merodeaba sus textos, ocupó el lugar central.
Revoluciones -la novela de seiscientas páginas que Adriana Hidalgo Editora publica por primera vez al español- funciona como un epicentro doble: es la narración que abrió la puerta hacia ese territorio personal y la que, al mismo tiempo, permite poner bajo una luz nueva el resto de su obra, la de la madurez pero también la juvenil. Se publicó en 2003, antes de El africano y de La música del hambre . Estos dos volúmenes (publicados por la misma editorial y traducidos por la poeta argentina Juana Bignozzi) hacen foco, de manera directa, en sus progenitores: el primero, en el padre, un desilusionado cirujano que trabajó la mayor parte de su vida en territorios coloniales; el segundo, en la madre, de origen inglés. El hilo conductor de Revoluciones , en cambio, es alguien más cercano: él mismo. O alguien que tiene con él notables puntos en común, dado que no se trata de una verdadera autobiografía. El protagonista comparte su patronímico (Jean) y los ancestros bretones (el apellido, en vez de Le Clézio, es Marro). Como él, está marcado a fuego por la centuria y pocas décadas que los antepasados de su familia residieron en Mauricio y, sobre todo, por el abrupto desarraigo de aquellas islas del océano Índico. Aunque casi casualmente Jean Marro vino al mundo en Malasia y no en Niza, como su creador, es en esta última ciudad, innominada, más odiada que querida, en la que transcurre su adolescencia, durante los agitados años sesenta. También desde allí huye con destinos similares a aquellos a los que partió el joven Le Clézio: Inglaterra, donde los dos estudian; y México, donde Marro permanece una breve temporada, azorado ante los signos y crueldades de un mundo que descubre radicalmente distinto, y donde, a su turno, Le Clézio vivió quince años para convertirse en un erudito en antiguas culturas mexicanas. Un dato curioso: el individuo de la ficción que atraviesa aquella década no escribe, mientras que el personaje de la realidad para entonces no sólo publicaba, sino que su nombre era ya una contraseña del mundo literario.
Con todo, Revoluciones no se limita a la minuciosa educación sentimental de su protagonista. Las diversas obsesiones de Le Clézio parecen coincidir en el mismo espacio y alcanzar, quizá como nunca, la estatura de lo " romanesque " (lo novelesco), esa noción indefinible que, en su versión francesa, excede los estrechos límites de lo literario. Es por eso que puede convertirse en novela familiar, en razón de las melancólicas rememoraciones de Catherine, la vieja tía abuela de Jean, sobre la vida en Mauricio; transformarse en novela histórica (aunque una historia en primera persona, de un realismo sin adjetivos) gracias a los diarios de un antiquísimo familiar que participó en la Revolución Francesa; y también, como si a último momento se quisieran recuperar las historias míticas que le dieron notoriedad al autor, en una novela sobre la cultura africana, cuando en el tramo final surge, inesperada, la voz en primera persona de una esclava negra. La prosa se permite el lirismo descriptivo que identifica al autor, pero en las mejores partes se vale de una prosa seca, casi documental, como si los nombres y enumeraciones fueran la manera más eficaz de conservar ese presente que se escurre a cada paso.
Jean Marro siente que no pertenece a ninguna parte. Lo mismo le sucedió a Le Clézio. Desde un comienzo, la escritura fue su lugar en el mundo. Alguna vez contó cómo comenzó a escribir a los siete años, para llenar el tiempo durante las travesías en barco, de África a Francia, y viceversa. Quizá por esa razón esta novela -que podría considerarse algo así como la creación de una patria personal- muestra con claridad, quizá sin saberlo, la conexión que vincula en silencio toda su obra.
Revoluciones permite, por ejemplo, releer sus primeras novelas (Le procès-verbal ; Le déluge ;La guerre ) a la luz de los años sesenta. No para buscar las razones de las supuestas adscripciones estéticas de Le Clézio en aquel momento (que con prudencia pueden vincularse al Nouveau Roman y al grupo de la revista Tel Quel ), sino para calibrar hasta qué punto ya se apartaba de ellas.
Le procès-verbal (que en español se tradujo como El atestado ), publicada en 1963, cuando el escritor tenía 23 años, es un buen caso testigo. Aquel libro compartía mucho de la angustia de El extranjero , aunque su prosa era mucho más lujuriosa que la "escritura blanca" del texto de Camus. Adam Pollo, el protagonista, vivía en una casa vacía, cerca de una playa, y no alcanzaba a recordar si había salido de un psiquiátrico o era un simple desertor. Michèle, una chica a la que frecuenta, cuando él cree recordar una guerra, le dice que es imposible: no tiene edad para haber participado de la Segunda Guerra Mundial, la última que hubo. Cualquier lector de aquel momento debe de haber reconocido que, si Adam estaba escapando de una guerra, era una que estaba ocurriendo en aquel mismo instante. El impacto emocional que tuvo la guerra de Argelia en Le Clézio, velado en aquel libro inaugural, puede encontrarse ahora sin eufemismos en la discreta brutalidad de los relatos ajenos, en la muerte de un amigo y en la reproducción casi telegráfica de las masacres del conflicto que el todavía adolescente Marro anota puntualmente en su cuaderno.
También figuran en las páginas de aquel libro presentimientos que se repiten en Revoluciones . Al igual que Jean, Pollo leía a los presocráticos (Parménides, en particular) y se interesaba, como la futura literatura de Le Clézio, por cuestiones más vinculadas a la ingenuidad de la experiencia poética que a las estrategias de la inteligencia. En un momento, Adam terminaba echado sobre una piedra y se quedaba mirando el cielo mientras buscaba volverse vegetal, mineral, microbiano, tratando de entrever "su propia armonía en el universo, de la que estaba seguro ocupaba eternamente el centro, sin descanso".
En un ensayo temprano e inclasificable, El éxtasis material (1967), figura más de una declaración de rebeldía contra las modas del momento y presagia el cansancio por todo lo occidental que iba a cobrar cuerpo en la década siguiente:
Cada vez más el análisis se me presenta ilusorio. No permite acercarse. No permite conocer. Es sólo un sistema, una faceta de la verdad entrevista por el hombre. Para conocer no se podría prescindir de él y, sin embargo, para conocer hay que superarlo. Para el hombre todo desemboca en la contradicción, en el misterio, porque todo es cohesión. El mundo es indisociable. Forma un bloque. Si hay razones, si hay finalidad, si hay un origen están mezclados en el tiempo presente [?]
Esa convicción, combinada con el descubrimiento de otras geografías y culturas, sirve de guía a sus libros más conocidos.Desierto (1980), su primer texto importante en esa dirección, es la piedra basal de la nueva modulación. Le Clézio narra la historia de una niña inmigrante que vive en Francia, pero desciende en realidad de una lejana tribu del Sahara, y que, alentada por las leyendas que escucha en su entorno, desea retornar a la tierra de sus ancestros. Estas historias que intentan conjurar el exotismo continuarán con, entre otras ficciones, El buscador de oro , el obsesivo rastreo de un tesoro corsario, la débil El pez dorado , La cuarentena , que relata el aislamiento a que se ve condenado un grupo de viajeros en Mauricio por un caso de cólera, yOnitsha , quizá la más conradiana de sus novelas. Le Clézio se acerca a los otros, en estos libros, confiando en lo que entiende como el poder natural de la escritura. Se diría que aspira a que otras cosmovisiones, relegadas por la cultura occidental, se apropien de la materia narrativa y hablen por sí solas. El resultado no siempre es el mejor (a fin de cuentas, Le Clézio no deja de ser europeo y la buena voluntad puede deslizarse con facilidad hacia la corrección política), pero en Revolucionesesta ambición onírico-antropológica alcanza, singularmente, su mejor encarnación. La esclava negra Kiambé cuenta su historia y ese fragmento radicalmente ajeno, incrustado en una novela de múltiples entradas cuando ya no se lo espera, tiene el poder inexplicado de un mantra.
La palabra revolución tiene varios sentidos, y Le Clézio se vale de ellos para su novela. Las peripecias del antepasado del siglo XVIII, Jean Eudes Marro, el combatiente de la Revolución Francesa que se instaló en Mauricio (se desarrolla en la primera mitad), y la de Kiambé (hacia el final) son las ruedas temporales que enmarcan la narración principal. La historia del joven Jean Marro ocupa el lugar preponderante, pero es apenas una rueda más de las que rotan en el mundo.
El principio constructivo es perfecto, aunque Le Clézio se permita un acopio quizás innecesario de información. Tal vez busque ahuyentar cualquier sospecha formalista y hacer hincapié en lo que de verdad le interesa. Porque lo que hay en el resto deRevoluciones son justamente revoluciones (políticas, familiares, personales). La educación sentimental de Jean Marro está puntuada por ellas, sobre todo por las de su propia época, que Le Clézio retrata sin piedad: las páginas sobre Argelia, las incursiones por el Swinging London o la matanza de la Plaza de Tlatelolco son las páginas más crudas y directas que Le Clézio escribió alguna vez.
La memoria no es etérea, sino material, presiente Jean Marro al escuchar la cantilena de Catherine. Como parece sospechar el otro Jean, Le Clézio, su álter ego de la vida real, no hay manera más precisa de corroborar esa cualidad que por medio de lo escrito.
Jorge Herralde: “Puedo defender cada uno de los libros que edité”
Bolaño, Copi y Carver… Se quedó con las ganas de tener a Borges, pero se desquitó publicando casi todo Nabokov, uno de sus escritores favoritos. El legendario editor español dialogó con Ñ digital en una de sus primeras entrevistas luego de anunciar la venta de Anagrama a la italiana Feltrinelli.
POR CECILIA BOULLOS.
“No somos eternos”. La frase fue una de las que Jorge Herralde pronunció a fines del año pasado luego de provocar un pequeño sacudón en el mundo editorial. La razón: la venta de Anagrama, la editorial que había fundado a fines de los ´60 en Barcelona y que durante 40 años había podido mantenerse independiente, armar un catálogo coherente y prestigioso, publicar más de 3.000 libros y crear colecciones exitosísimas como Panorama Narrativa (“la fiebre amarilla”) o los compactos de Anagrama, sus libros de bolsillo.
De acuerdo al anuncio, la editorial italiana Feltrinelli iría sumando participación accionaria en Anagrama cada año hasta convertirse en su propietaria en un plazo de cinco años. Hasta entonces, Jorge Herralde y su esposa, Eulalia Gubern, continuarán siendo sus directores.
-Tras la noticia, en algunos medios españoles se especuló con que usted creía que al negocio del libro no le quedaban más de cinco años.
Como es sabido, en la prensa salen artículos bien intenciones y otros que son puras fabulaciones. Lo cierto es que cuando empecé las conversaciones con Carlo Feltrinelli, hace unos tres años, aun no se había producido esta crisis. Con crisis me refiero a dos: por un lado la que esta afectando el consumo en Europa –de todo, ropa, restaurantes, distensión–; y luego la que tiene que ver con el asunto del libro electrónico. Todavía en España su incidencia es bajísima, pero es difícil predecir. Lo que unifica a estas crisis –la económica y la del modelo del libro– es la opacidad, una visión poco clara del futuro próximo.
-Alguna vez, en tiempos de crisis, ¿sintió la tentación de editar un best sellergarantizado?
No, la verdad es que no. Y me remito al catálogo. El catálogo no miente. No hemos tenido esa tentación, entre otras cosas porque tuvimos la suerte de tener muchos long sellers y no pocos best sellers que han sido literarios: Sostiene Pereira de Tabucchi, La conjura de los necios, Arundhati Roy, Paul Auster, Ian McEwan, Bolaño.
-En 27 años del premio de narrativa Herralde hubo sólo dos escritoras que lo ganaron, Adelaida García Morales, en 1983, y Paloma Díaz Mas en 1992. ¿A qué lo atribuye?
En este premio no hay patriotismo de ningún sentido, ni español ni latinoamericano ni joven ni adulto ni anciano ni mujeres, gana simplemente el mejor. Entre los presentados al premio ha habido no pocas finalistas, pero en la competición de cada año, bueno, no han quedado.
-Dígame cuál es la parte mas aburrida de ser editor.
Ciertas tareas administrativas que ya he delegado bastante, algunas negociaciones, lidiar con algunos egos, pero las satisfacciones superan por mucho los contratiempos. Claro que hay altibajos y grandes “subidones”, hay desencantos, de repente te enamoras de una novela, apuestas por ella y el público no te sigue. Me ha pasado con ciertos autores, por ejemplo con Kapuściński, que hasta el sexto libro, Ébano, en España no triunfó.
Cirugía menor
-El escritor Juan Villoro contó que un original revisado por usted termina siendo una especie de animal que en lugar de piel, tiene post-its pegados por todos lados. ¿Hasta dónde llega su intervención como editor? ¿Alguna vez tan lejos como la de Gordon Lish con Carver, por ejemplo?
Jamás. Esta invasión truculenta no es la que hacemos en la editorial. En algunos casos, como con Bolaño, la intervención era mínima porque entregaba manuscritos casi perfectos. Si el manuscrito tiene muchos problemas entonces se le envía un informe de lectura al autor para que él mismo presente una nueva versión o desista. O vaya por otro camino. Esto que dice mi querido Villoro, un poco exagerado, es una especie de cirugía menor. Intervengo y sugiero, y sugiero naturalmente siempre a favor del texto.
¿Un narrador frustrado puede ser un buen editor?
Podría ser, la psique humana es complicada. En el caso de Gordon Lish, publicó varias novelas con escaso éxito, en cambio Carver…es una historia muy complicada. A ver: no discuto aciertos en la intervención de Lish, pero esta cosa truculenta de enmendar demasiado… Lo hace ingresar con éxito en el mundo editorial pero a costa de que su obra se vea cambiada y mutilada sensiblemente, con lo cual Carver se siente muy agradecido por una parte con Lish, pero por otra casi como un impostor. Luego quedó demostrado conPrincipiantes que la versión auténtica de sus libros era distinta, pero muy valiosa también.
-Como editor, ¿le parece más valioso el Carver original?
En realidad, para ser totalmente sincero, creo que son dos libros distintos y los dos son muy buenos.
-Es famosa la anécdota de que usted le sugirió a Bolaño desistir del título “Tormenta de mierda” para una de sus novelas, ¿que importancia tiene el título en el éxito de un libro?
El título “Tormenta de mierda” me parecía francamente disuasorio. Insistí bastante, me puse un poco pesado, a favor del texto. Y al cabo de un tiempo de insistencia de mi parte, al final Bolaño me dice: “¿Sabes qué? Este título ‘Tormenta de mierda’ ya no me gusta nada”. Luego me enteré que Juan Villoro también lo había ido trabajando por su lado. Igual es difícil de medir, porque hay títulos no muy buenos que han funcionado muy bien. Pero hombre, yo prefiero uno bueno y lo cierto es que hay muchos autores que me piden que titule sus libros, y lo he hecho en algunas ocasiones. Por ejemplo El viaje vertical de Vila Matas. Me divierte bastante, es un pequeño hobby personal.
-¿Y en el caso de Alan Pauls, cuya novela se llamaba en principio Ex y terminó siendo El pasado?
No, ahí toda la responsabilidad es de Pauls. Del título anterior y del final.
¡Haz lo que quieras!
-En Opiniones mohicanas relata varias reuniones con escritores que luego terminó editando. ¿Cuál fue el primer encuentro que lo impresiono más?
Bueno, casi Copi. Un personaje singularísimo, con una originalidad y un desparpajo increíbles. A Copi lo editaba mi gran amigo y editor francés Christian Bourgeois. Yo lo seguía desde hacía muchos años en Le nouvel observateur, con la tira “La mujer sentada”. Luego leí El uruguayo y se lo di a traducir a Vila-Matas y entonces quedé que se lo enviaríamos a Copi para que lo revisara. Pasaban los meses, sólo tenía 40 folios, era una novelita y no había manera. Al final, en un viaje a París me fui a verlo al teatro, al terminar salió con un abrigo blanco largo hasta los pies, fuimos a tomar una copa, muy simpático. Y le dije: “Bueno, ¿qué pasa con la traducción? "¡Haz lo que quieras!", me contestó.
-¿Cree en esa frase que dice que a los editores hay que juzgarlos por los libros malos que editan y no por los buenos que dejan pasar?
La dijo un editor amigo, el de Carver y Ford en Francia, entre otros. Y sí: para los buenos libros hay muchos competidores, incluso te puede haber llegado tarde o cogerte en un mal momento –o sin tener espalda financiera para afrontarlo–, así que la responsabilidad es muy diluida. En cambio, de los malos libros claramente la responsabilidad es total. No quiero pecar de soberbia, pero cada libro que publiqué, en cada momento en particular, me pareció pertinente, siempre me preocupé por publicar libros que encajaran de alguna manera con el zeitgeist, tanto en narrativa como en ensayo como en crónica. No me arrepiento de nada y sería capaz de defenderlos a todos. Lógicamente muchos títulos de ensayo que publicamos en los '70 quedaron obsoletos.
-Hace poco el editor de un suplemento cultural afirmaba que había que olvidarse de los no lectores y preocuparse de los lectores habituales de literatura. ¿Comparte esta opinión?
Yo me he dedicado toda la vida a los lectores. Y, especialmente, a los lectores fuertes como les dicen en Francia. Aquellos que leen por placer, por pasión y por todo lo que se debe leer. Sí, me encanta que por fenómenos de boca-oreja un libro que habitualmente tendría unos 3000 ó 5000 lectores se convierta en una onda expansiva y pueda vender hasta 100 mil ejemplares.
Entre los últimos libros que editó, ¿qué voces le llamaron la atención?
Bueno, De vidas ajenas de Emmanuel Carrère creo es que uno de los mejores libros que he publicado en los últimos años. Una temática dura, la muerte de una niña en un tsunami, luego una historia de dos amigos con cáncer, pero de una fuerza y una inteligencia superiores. Consciente de lo difícil del tema, llamé personalmente a directores de suplementos, a periodistas, empecé a hacer sonar el tan tan para vencer esta resistencia y con bastante éxito, no tanto como en Francia, donde fue un best seller. Antes habíamos publicado Una novela rusa, que no había funcionado nada, así que pensé que ésta también tendría un destino aciago, pero afortunadamente me equivoqué. Otro escritor que me hace ilusión es Niccolò Ammaniti. Su libro Que empiece la fiesta es uno de los tres que más me han hecho reír en mi vida, a carcajadas, junto con La conjura de los neciosy Wilt, de Tom Sharpe. Es una sátira muy desopilante sobre la Italia contemporánea.
-En El optimismo de la voluntad nombra de pasada un proyecto de libro –Itinerario argentino– sobre su vínculo con Argentina, sus escritores y sus editoriales, ¿en qué quedó ese proyecto?
En 7 u 8 cuartillas. Estas cosas empiezan un poco como hobby, tomaba notas, diarios de viajes, encuentros con escritores, y empecé a fabular sobre ello. Y al final no quedó en nada, solo en algunos retratos que se fueron publicando en otros de mis libros. Uno de Copi, uno de Piglia, uno de Pauls.
Houellebecq da las gracias a wikipedia por su aporte

Apenas lleva un mes en las librerías españolas y «El mapa y el territorio», el libro con el que Michel Houellebecq, «enfant terrible» de las letras francesas, ha perdido parte de su rebeldía al recibir el prestigiosoPremio Goncourt, ya ocupa los primeros lugares en la lista de loslibros más vendidos.
Un espacio logrado no solo por las buenas críticas en general que está teniendo la novela, publicada por Anagrama, sino por «el boca a oreja», que funciona de maravilla para adentrarse en la quinta y última obra del autor de «Las partículas elementales», la cual además viene acompañada por la polémica de la acusación de plagio por el uso que hizo Houellebecq de algunos párrafos de la Wikipedia.
Una acusación difícil de probar, ya que además de los retoques que Houellebecq (Reunión, Francia, 1958) hace con sus escritos, en en la página dedicada a los agradecimientos da las gracias específicamente aWikipedia, «cuyas notas he utilizado -dice- como fuente de inspiración, especialmente las relativas a la mosca doméstica, a la ciudad de Beauvais y a Frédéric Nihous».
En «El mapa y el territorio», Houellebecq utiliza menos que en sus anteriores trabajos lo políticamente incorrecto, como su obsesión por la sexualidad, sus latigazos de xenofobia o de islamofobia, o sudefensa del turismo sexual en Tailandia, pero introduce en la novela un elemento muy elogiado, que es la creación de un personaje llamado Michel Houellebecq.
Un escritor francés misántropo, aislado del mundo, raro, que forma parte de una trama con tintes de novela negra y que le da al protagonista, Jed Martín, un artista, el contrapunto y el álter ego -él también es un ser humano poco dado a los humanos- para atizar contra el arte contemporáneo y los temas de la sociedad de consumo y el capitalismo en general.
Una extraña desaparición
Como el personaje de su novela, Houellebecq, que tenía un compromiso con sus lectores este mes en Holanda y Bélgica, desapareció sin dar señales de vida, ni siquiera a sus editores, agentes y traductores. Mercadotecnia o no, el escritor francés volvió a reaparecer días después ya pidiendo disculpas a sus lectores.
Se da la circunstancia de que su personaje en el libro también se aleja del mundo y de la gente. «En el fondo, se dijo Jed tristemente al cerrar la carpeta, su padre nunca había cejado en su empeño de construir casas para las golondrinas». Ésta, que es una de las frases del libro que se atribuye al protagonista cuando muere su padre, un arquitecto frustrado, podría ser la metáfora de la escritura de Houellebecq, empeñado en construir libros que alberguen el vacío y el malestar del hombre contemporáneo.
Reúnen crónicas de Stieg Larsson en un libro de inquietante vigencia
Investigaba a los grupos neonazis, el fascismo europeo y la violencia de género. Daniel Poohl, amigo del autor de Millenium y recopilador de sus artículos le contó aÑ detalles de la vida de su ex compañero.
POR GUIDO CARELLI LYNCH

El primer artículo de La voz y la furia, el flamante compendio de notas periodísticas del afamado Stieg Larsson explica por qué vale la pena todo el libro. Se titula “En Estocolmo también pueden producirse atentados terroristas” y fue publicado en 1995 en el primer número de la revista-fundación Expo, que Larsson dirigía por convicción y para ganarse la vida. Porque en vida, antes de morirse y convertirse en autor del fenómeno Millenium, que lleva vendidos 90 millones de ejemplares en todo el mundo, Larsson era un periodista obsesionado por controlar a los pequeños y peligrosos grupos de ultraderecha de su país. En él explica por qué a pesar de su poca representación son un peligro latente y por qué no conviene caer en la tentación de definir a los terroristas blancos, europeos y de derecha como un grupo insignificante de loquitos que trabajan en soledad. “Algunos de sus miembros tarde o temprano harán algo realmente estúpido”, concluye Larsson.
Más temprano que tarde, quince años después, Anders Behring Breivik detona un coche bomba en Oslo, a 530 kilómetros de Estocolmo. Después aniquila él solo a 69 jóvenes y militantes políticos de centroizquierda. La prensa internacional, la de acá y la de allá, se refiere a Breivik como “un loquito”, sin desentrañar del todo la advertencia profética de Larsson, cuando se refiere a los atentados contra minorías en Londres en 1999. “Un loco solitario –como la policía de Londres había llamado al terrorista David Copeland– resulta menos preocupante y más fácil de explicar que la posibilidad de que los nazis se estén dedicando al terrorismo organizado, un terrorismo que atraviesa las fronteras nacionales”.
Entre 2001 y 2004, Larsson trabajó en la redacción de Expo con Daniel Poohl, quien por entonces tenía apenas 21 años. Larsson lo ayudó a hacer sus primeras armas en el periodismo y, a pesar de la brecha generacional, se hicieron amigos. Hoy, diez años después y luego de la inesperada muerte de Larsson, Poohl se convirtió en jefe de redacción de Expo. De él fue la idea de reunir los textos periodísticos de Larsson y publicarlos. De su puño y letra es también el prólogo del libro. “Creo que sobre el atentado en Oslo hubiese dicho lo mismo que nosotros hoy: el terrorista no estaba solo con sus ideas. Pertenecía a un movimiento anti-musulmán de donde tomó las ideas”, explica ante la consulta de Clarínvía mail.
En La voz y la Furia Larsson explica el crecimiento de estas expresiones políticas radicalizadas que en un principio eran aisladas y que, con el correr de los años, consiguieron representación parlamentaria. Suecia, su país, era su obsesión, pero no el único que lo preocupaba. Por eso cita la investigación de Expo de 1997 que arrojó que en 25 de los 37 países europeos analizados existían grupos de extrema derecha con representación parlamentaria. Ya entonces había 7 eurodiputados de extrema derecha. En 1997 todavía nadie hablaba del fracaso del asimilacionismo para integrar a las minorías, porque esa doctrina ni siquiera había sido inventada.
Esta veintena de crónicas, reportajes y editoriales recopilados permite conocer una realidad distinta a la del estereotipo lavado que se propaga sobre Suecia en los medios internacionales. El creador de Lisbeth Salander y Michael Blomkvist –los héroes de Millenium– ilumina ese costado oscuro de su país al detallar los ataques de la derecha, de la creciente islamofobia y la violencia de los hombres contra las mujeres. Entre estos casos, Larsson relata y contrapone, con idéntico suspenso al de sus novelas, la suerte de Melissa, abusada, torturada y asesinada por los celos enfermos de su ex pareja en noviembre de 2001 y la de Fadime, ultimada por las costumbres de su padre inmigrante dos meses después. “En el periodismo de los sucesos los roles sexuales son más que obvios. Cuando la víctima es un hombre, se escribe siempre el nombre y el apellido”, escribe Larsson para contrastarlo con el de las víctimas mujeres. En Argentina sobran ejemplos. Desde María Soledad hasta Candela.
A la violencia de género que mata a 20 mujeres y a dos homosexuales por año en Suecia Larsson la llamaba el “terrorismo ante el que cerramos los ojos”.
Son imperdibles, por su humor, las cartas de lectores reaccionarios e indignados que cuestionaban el trabajo de Larsson. “Tu nombre quedará para siempre en la retina. Recurriste a tu conciencia antisueca ¿Tengo que recordarte de donde proviene gran parte de la actual violencia política? (…) Pues de esos a los que tú a menudo defiendes en tus artículos, esas sectas de izquierda”, lo provocaba un tal Viktor, que al menos tuvo la cortesía de firmar con su nombre, porque la mayoría de esas cartas eran anónimas. Larsson, sin embargo contesta siempre con una cortesía que resulta irónica. “Podía pasarse horas y horas contestando largos correos a ultraderechistas ávidos de discutir con él”, escribe Poohl.
Hoy, Expo es más grande y profesional que durante la época de Larsson, asegura su amigo. “El nos daba mucha responsabilidad, pero eso quizás nos ayudó a sobrevivir sin él”, agrega siempre parco y sin demasiada modestia Poohl. La revista también se benefició con el éxito y la devoción por Michael Blomkvist y Lisbeth Salander. Hoy el hermano de Larsson y su padre, sus herederos, aportan buena parte del presupuesto de la publicación. De la cruzada legal entre la compañera del difunto best-seller y co-fundadora de Expo, Eva Gabrielsson, y la familia del escritor; Poohl prefiere no opinar.
Este libro breve, intenso, de lectura rápida, no tiene nada que ver con esa extensa bibliografía sobre el autor –en libros y periódicos- más relacionada con el marketing y el éxito de Millenium que con el propio Larsson Ni siquiera tiene que ver con el libro de su compañera durante 32 años Gabrielsson, quien alega que nunca se casaron legalmente por el temor del periodista a represalias de los grupos que investigaba. “El estaba más preocupado por nuestra seguridad que por la propia”, dice el parco Poohl.